sábado, 30 de mayo de 2009

Aventura En La Burocracia Rosarina II: "Odisea"

Casi exactamente seis meses después de mi febril encuentro con la bestia, sus glóbulos, la máquina rota y la filosofía del banco verde, llegó el fatídico momento que muy dentro estuve esperando con las ansias del kamikaze a punto de abordar su último vuelo. Era la hora de retirar mi documento, y esta vez no iba a haber G.B.S.'s, ni tregua, ni 60's, ni bancos verdes. Sería entrar, hacer fila, solicitar el documento y partir, como un ciudadano regular, no más un NN, no más tener que dar explicaciones raras acerca de papeles blancos en viejos documentos a gigantones en puertas de boliches dentro de los que de todas formas no tenía ganas de estar, pero donde ciertas personas me siguen arrastrando (OYERON? EH? EH?).

Esa noche había sido un tanto extraña. Eran las 12 cuando decidí llevar a cabo el típico ritual, armarme un cigarrillo, traerme un vaso con Pepsi, desvestirme, tomarme el antiansiolítico, terminar el cigarrillo y acostarme. Por lo general lo hago a las 3 o 4 de la mañana, pero necesitaba la fuerza. Necesitaba estar preparado para el viaje. Logré, gracias a una doble dosis, llegar al sueño relativamente rápido, pero mi reloj interno, sabio, tanto más que yo mismo, se deshizo de todo efecto y descanso exactamente a las 7:15. Mis ojos se abrieron con una casi espantosa naturalidad, y despegué, como mi madre me trajo al mundo, del frío (en el buen sentido) rigor de las sábanas (o mejor dicho, cubierta, porque mi colchón no tiene sábanas), y con una confianza un tanto ingenua, sentí que se inyectaba en mí el potencial de una mañana sencilla.

Oh si tan solo.

Aún usando mi traje de nacimiento, me dediqué a comenzar el día. Abrí la ventana, puse música, prendí la computadora, me hice un café (para el desagrado visual de mi madre) puse música y me armé un cigarrillo, destinado a no dejar caer este (si, quizás estúpido) optimismo, mi única arma, o placebo, contra la infecciosa actividad en el vientre de la bestia.

Una vez vestido y preparado, mi madre hizo el chequeo general:

-Llevás el documento viejo?
-Sep.
-Tomá plata por si te cobran
-D'accord
-Tenés el certificado de denuncia
-Todo en orden
-Y la foto?
-...


Oh Diablos. Con frenético fervor volví a mi pieza y comencé a revolver lo que hacía momentos era un cuidadosamente ordenado (a quién engaño ya era un caos, pero era un caos familiar, conocido), pero en vano, no encontraba el maldito sobre donde quedaban dos de las cuatro fotos que me había sacado en la odisea por la actualización del documento. Momento... Eran cuatro, y me quedaban dos, y usé una en la facultad, y otra.... la otra la tengo que haber entregado en el Registro, no? Tiene sentido, para qué me saqué la foto aquel día y no hoy? Debo de haber dejado una foto en el Registro, con la cual iban a actualizar mi documento, si ya tienen mis datos y todo. Era demasiado tarde para seguir buscando, así que decidí aferrarme a esta idea, la cual tenía totalmente sentido lógico de orden y progreso.

Al llegar, no tuve que entrar por el mismo, lugar, sino por una especie de garage un tanto antiguo, piso de marmol y techo considerablemente alto, la puerta es verde de hierro forjado, muy formal, muy correcto. Al pasar por en frente pude darle un vistazo a la garganta de la vestia, totalmente completa de una nueva fila de gérmenes como el que fui. Pude ver los asientos, la gran L, y por un instante pude contemplar, con un poco de enfermiza nostalgia, el bunker de G.B.S., que monitoreaba la situación con fino detalle. Entré al garage. La fila comenzaba, milagrosamente, a sólo unos 5 metros del objetivo. Un simple agujero rectangular en la pared, dividido en dos por una tabla verde rudimentariamente encajada en la pared, bajo la cual se extendría otra tabla verde, sirviendo de pared del "escritorio". Este agujero estaba coronado por un enorme cartel que leía "Retiro de D.N.I.", sobre el cual descansaba un discreto, casi deprimente cartel de prohibido fumar, el clásico cigarrillo tachado. Casi, por un instante, pude ver en lugar de un cigarrillo, la amorfa representación visual de la felicidad.

La fila avanzó considerablemente rápido. Unos 10 o 15 minutos me separaron del objetivo. Finalmente llegué al infame escritorio. Detrás del mismo me recibió una mujer sentada, piel oscura, demacrada, rostro denotando total y completa indiferencia, labios hinchados de forma grotesca, quizás lo único en su cara que no estaba arrugado. Algún botox aquí y allá. Extendió su mano sin decir una palabra. Asumí que necesitaba los comprobantes. Le di mi viejo documendo, el cual tenía dichos papeles engrapados en el interior. Los tomó, anotó ciertos números y me dijo que me quede con el viejo documento. "De acuerdo, de acuerdo, todo va bien", pensé. Luego me pidió la foto.

Oh demonios, demonios. Le dije que no la tenía. Me devolvió los papeles y el documento, y me dijo: "El documento ya está, acá al lado hay para sacarte fotos, sacalas y volvé". Ligeramente frustrado pero entendiendo que fue mi propio error, me corrí de la fila y caminé con pasos largos y calientes hacia el exterior, la luz al final del garage siendo esta vez no una promesa cumplida sino el recordatorio de que ambos tenemos que jugar por las mismas reglas, y que sus equivocaciones a veces son mis equivocaciones. Quizás me calmé un poco.

Llegué al local, en el cual en cuestión de minutos me saqué la bendita foto para el documento. Ésta no la voy a poner en la galería porque es realmente pedorra. Siempre lo mismo, me arreglo para la foto pensando que me va a durar toda la vida, y finalmente en el documento encajan una foto tomada en improvisación. Finalmente, con paso de gigante, y casi sonriendo, vuelvo a entrar al recto (porque el garage es casi como su recto, no creen? Entran gérmenes solicitando documentos por su boca, y salen gérmenes con sus documentos ya hechos, cagados por el ano de la bestia, soretes burocráticos. En fin.) de la bestia. Hago la fila. Pasan de 15 a 20 minutos. Me estoy poniendo impaciente, mi memoria se jode cuando estoy nervioso, así como mi sentido común y mi general interes por el bienestar de la humanidad que me rodea. Estábamos en una grán habitación con un techo coronado con una enorme claraboya rectangular, que derramaba luz en el vacío salón, amueblado sólo con barandas interiores y bancos, el agujero en la pared, y una escalera lejana. Me puse a ver a la gente. A algunos los reconocí de la primer fila, a otros los ví en el local de fotos. Todos estábamos en el asunto juntos, nosotros contra ellos, era casi una hermandad, como la unidad de los que comparten un accidente catastrófico y viven para contarlo. Delante mío un hombre se quejaba con la mujer de piel carcomida y labios hinchados. El hombre, un anciano con boina y camisa a cuadros, se dio vuelta, se alejó de la fila con un suspiro y los brazos levantados hacia los lados, palmas hacia arriba, indicando total y completa derrota. Pude sentir su dolor tanto como su colonia barata.

Finalmente fue mi turno de nuevo. Adelantándome al violento gesto anterior de la mujer de labios deformes, extendí mi mano, victorioso, con la maldita foto entre mis dedos. Ella me miró. "Qué pasa?" me dijo. "Acá está la foto" le dije con los ojos bien abiertos y una sonrisa exagerada. El hombre detrás mío, un tipo de no más de 25 años, sonreía. "El comprobante?" me dijo. Me quedé quieto un momento. Retraí la mano. Me puse a pensar. "Se lo di a ustéd", dije, "junto con el documento". Me preguntó mi apellido. Alcanzó a abrir y cerrar un pequeño cajón en un instante y me dijo que no tenía nada mío. Quité la sonrisa de mi cara. "Me está cargando" le dije, casi sin darme cuenta. "Vine hace 20 minutos, le dí el comprobante y el documento, me pidió la foto, le dije que no la tenía, fui a sacarmela y acá está" dije, volviendo a mostrarle la foto. "No tengo nada tuyo acá", me dijo, desafiante, obviamente detectando mi poca voluntad cooperativa. Ella se aprovechó de esto y llamó a un testigo. Otra mujer, con apariencia mayo pero mucho mejor conservada, cabello gris y corto, con lentes, se acercó al escritorio. Le describí la situación. Ella me dijo "te llamó?" apuntando al monstruo de labios de salchicha. No, le dije, y ella dijo que entonces los documentos los tengo que tener yo.

En ese momento hice algo que hubiera hecho mucho antes, si no fuera porque los nervios bloquean, como ya dije, mis agentes de sentido común: Me toqué los bolsllos.























...

No estoy seguro si alguien NO se dió cuenta (el joven detrás mío se reía ya en voz alta), pero si tan solo un mosquito me hubiera perforado el cutis, hubiera estallado en sangre pintando toda la habitación, de lo sonrojado que estaba. Saqué los documentos y los comprobantes de mi bolsillo y se los dí. La mujer salchicha me dijo que espere a un costado, que me iban a llamar por otra puerta (que hasta el momento no había notado). Hice caso.

Sentado en otra variante de los bancos verdes, entre una niña pequeña y su hermanito bebé que me pateaba el antebrazo y un jóven de unos 24 años con un clarísimo problema mental, me puse a pensar.

El problema de la burocracia es una reacción en cadena, un sistema retroalimentativo que comenzó hace décadas, siglos quizás. Desde los romanos. Un burócrata decidió que su trabajo no le gustaba, y la falta de motivación lo llevó a hacerlo mal. Esto causó disgustos en los ciudadanos, que sólo querían cumplir su deber e irse a sus casas. Pero el burócrata quiere lo mismo, esta situación es repugnante para ambos. Entonces el burócrata hace mal su trabajo, frustrando al ciudadano. El ciudadano crea en su cabeza la imagen de que los burócratas son desalmados y que la burocracia no sirve. Esta imagen pasa a sus hijos, y a su vez a sus amigos, todos heredando la sensación irrevocable de que la burocracia es, básicamente una mierda. Entonces, alguno de estos hijos, porque alguien tiene que hacerlo, se convierte en burócrata. Con su idea genética de la burocracia, el joven odia su trabajo antes de comenzarlo, garantizando un mal ejercicio de su trabajo. Eventualmente esto lleva al concenso tácito de que la burocracia es una mierda, pero que además, es el deber del burócrata de convertirlo en una mierda. Me di cuenta que la burocracia apesta solamente, y únicamente por el hecho de que creo que apesta, de que todos nosotros hemos llegado a la indiscutible conclusión de que siempre fue, es y será una mierda, y que todos los imbolucrados son agentes malignos que hacen todo lo posible para destruir nuestra felicidada y, a causa de sus propias frustraciones laborales, se descargan en nosotros, creando esta cadena de eventos, este retroalimentativo sistema de amargura.

Entonces me puse a sonreir. Si, levanté la cabeza, hasta el momento enterrada entre mis manos, y sonreí como un idiota, porque me di cuenta que todo esto era tanto culpa del imbécil detrás del escritorio como del imbécil con el papelito nº53 en su mano. Nunca antes la culpa me había cabido tan bien en el pecho, con tanta alegría, ardor, ganas de ser culpable y pagar por mis pecados. Estuve sentado, en silencio, sonriendo a todos los que fueron testigos de mi vergonzoso accidente de papeleo en bolsillo, incluyendo al joven que reía, con su campera de cuero crema y sus lentes oscuros. Ya no me importaba, solamente quería levantarme y gritarles a todos que sonrían, que se den cuenta de lo bello que es estar acá y ahora, de que afuera hace un día hermoso y que si todos nos ponemos a cantar y a bailar, este asunto se convertirá en un bello musical de celebración de cotidianeidad, en vez de la aparente tortura, consumo del alma, deshumanización, enajenamiento en el cual lo hemos convertido, todos juntos, todos culpables.

Sonó mi apellido, quitándome casi de un cachetazo del trance.

Pasé por un enorme agujero rectangular sin interrupciones verdes, hasta llegar a una pared adyacente a un escritorio. Sobre el escritorio estaba mi nuevo documento y una mujer vestida de rojo, de la misma edad y condiciones que la mujer del escritorio, salvo los horrendos labios Frankfurteanos. La mujer sostenía el enorme sello con tinta, que procedió a frotar contra mi pulgar. Mientras esto sucedía yo miraba los trasfondos, las poleas del escenario de los gérmenes donde los glóbulos blancos hacen de las suyas. Todos mirando papeles o el piso, pasando de mano en mano información como si se tratara de piezas de auto en una fábrica de Ford. Me sentí muy culpable. Luego de planchar mi dedo en el nuevo documento, y que la mujer me untara el dedo con una crema y me apuntara a la pared adyacente, donde había un rústico lavamanos, la miré a los ojos y le dije "disculpe", ella, que estaba a punto de darse vuelta, me miró, un tanto estupefacta. "Le gusta su trabajo?" le dije, casi con la voz de un niño. Ella rió un poco y miró al escritorio. No dió una respuesta concreta, simplemente dijo "y.. masssom... sssi". Miré hacia el escritorio verde, desde esta perspectiva veía el costado derecho de la mujer de labios símilvaginales. "No sabe si a ella le gusta su trabajo?" A esta altura la mujer estaba tan sorprendida como yo, sonriendo me dijo "no se". Me le acerqué y le dije "te puedo pedir un favor?". Sin esperar que conteste (no iba a hacerlo de todas formas), le dije "le puede decir que lo siento? que soy un ser humano, y cometo errores". Su mirada y sonrisa estaban un tanto enternecida, así que le refuté, con una sonrisa y tono que todos mis amigos conocen: "además soy un poquito estúpido de por si". me lavé el dedo mientras escuchaba a la mujer alejarse con la risa entre los dientes. También sonreían las personas que estaban siendo marcadas como ganado en ese momento.

Me fui, a mi casa, ya totalmente documentado. Aprendí que la burocracia solamente es mala porque detrás de cada escritorio, de cada bunker, detrás de cada rostro demacrado, en cada glóbulo blanco (incluso en el escondite de G.B.S. y cada guardia armado) hay una persona como yo: Una persona que creció sabiendo que el papeleo es una mierda, que la burocracia es inútil, y que es todo solamente manejes del gobierno extremadamente complejos, para sacarnos más guita de una forma u otra, y tenernos a todos bien acomodados, archivados, masticados, cagados. Aprendí que esa gente disfruta tanto como yo estar horas parado haciendo una fila de mierda con un papel de mierda y tener que firmar y leer y seleccionar y acomodar durante horas, datos que a esa persona le interesan tanto como a mí (pista: nos importan una mierda), y que descargar en ellos la bronca que me da este baile inútil es perpetuar la cadena alimenticia gérmen-glóbulo, alimentar el mito de que los burócratas son inhumanos, seres ajenos a la percepción de las emociones, gente a la cual, ya todo le importa un pito, solamente porque a nosotros, también nos importa un pito.

Voy a tratar de convertir mi nerviosismo y mi ira en algo que en un futuro se pueda reflejar en la vuelta hacia mí, como un boomerang, como algo bueno, como algo digno de ser vivido.



















No garantizo nada, sin embargo. La gente es una mierda.

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